Desde Getsemaní a las naciones: “¡Despierta, despierta, vístete de tu fuerza…”

22 junio 2020

DIEGO BORBOLLA JIMÉNEZ

Mientras paseo por una Jerusalén que con moderado paso va retomando su ajetreado ritmo de vida me vienen a la mente las palabras del profeta Isaías cuando exhorta a la ciudad: “¡Despierta, despierta, vístete de tu fuerza, Sion; vístete el traje de gala, Jerusalén, ciudad santa!” (Is 52,1).

Como pequeño anuncio de este despertar, para mí ha sido muy significativo, el poder volver a visitar el Santo Sepulcro, casi tan vacío como la mañana de resurrección, y poder saludar de nuevo a la comunidad franciscana que fielmente han mantenido viva la liturgia y el cuidado del templo. Todas las tardes, ininterrumpidamente desde el siglo XIV, ante la tumba vacía de Cristo los frailes cantan a coro: “Roja despunta la aurora y aplaude festivo el cielo, el mundo salta de gozo y ruge airado el infierno. Basta ya tanto dolor, sobran lamentos y lágrimas, que un ángel resplandeciente la Resurrección proclama” Volver a escuchar de nuevo estas estrofas ha sido para mí, pese a las dificultades e incertidumbres vividas y aun presentes, la invitación a una esperanza más auténtica.

Un segundo signo de este despertar, ha sido la celebración de la ordenación diaconal de siete hermanos salesianos de nuestra comunidad del teologado. La celebración se pudo realizar según los previsto en la Iglesia de las Naciones de Getsemani el pasado 14 de Junio siendo presidida por el arzobispo Mons. Pierbattista Pizzaballa, administrador apostólico del Patriarcado Latino de Jerusalén.

La Iglesia de las Naciones de Getsemani, situada en el huerto de los olivos, custodia la roca de la agonía, allí donde la tradición sitúa la siguiente escena: “Y se apartó de ellos como a un tiro de piedra y, arrodillado, oraba diciendo: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya». Y se le apareció un ángel del cielo, que lo confortaba. En medio de su angustia, oraba con más intensidad. Y le entró un sudor que caía hasta el suelo como si fueran gotas espesas de sangre.” (Lc 22, 41-44). Sin duda, estas palabras y el lugar donde nos encontrábamos marcaron de manera especial la ordenación de estos siete hermanos venidos de distintas partes del mundo y nos ayudo a comprender, en palabras del arzobispo, que “la mayor expresión del amor cristiano es el servicio.” Un precioso mensaje que proclama lo acontecido en Getsemani hace dos mil años para todas las naciones.

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